Todos somos telépatas a partir de los 4 años de edad
Diciembre 26th, 2009 by admin | No Comments | Filed in Sin categoría
Dicen que enloqueceríamos si fuésemos capaces de saber qué piensan los demás sobre nosotros, sin embargo empleamos gran pedazo de la fuerza de nuestro perspicacia en averiguarlo. De hecho, este afán por leer mentes ajenas (mind reading), además de ser un rasgo de personas de gran caletre social, es lo que originó el desbocado crecimiento de nuestro cerebro desde los primeros homínidos hasta el homo sapiens.
Nos hemos vuelto inteligentes porque queremos sondear las mentes de los demás a fin de adelantarnos a sus acciones o calibrar sus decisiones. Nos hemos vuelto más inteligentes porque queremos comerse a toda margen que los demás se metan en el espacio privado de nuestra razón.
Por esa razón, los seres humanos somos telépatas innatos, capaces de registrar inconscientemente gestos faciales, movimientos de los fanales, el estilo del bulto, para crear todo fortuna de hipótesis y conjeturas sobre lo que estará pensando verdaderamente nuestro interlocutor.
Lo hacemos de forma tan directo que nos ocaso instalar que sea una destreza especial. Pero lo es en cuanto nos comparamos con los autistas (incapaces de leer las mentes ajenas) u otros mamíferos. Y además lo es más cuando averiguamos que esta luces ya se da en niños de cuatro primaveras (en los de tres, todavía no).
Llegamos al creación, pues, con una aptitud genética para construir “teorías acerca de otras mentes” y modificarlas sobre la marcha, en respuesta a diversas formas de retroalimentación social.
Steven Johnson explica mismamente un experimento postillón satisfecho en la división de 1980 por los psicólogos británicos Simon Baron-Cohen, Alan Leslie y Uta Frith para estudiar las habilidades telepáticas de niños pequeños.
Los psicólogos escondían unos lápices en una caja de golosinas Smarties, para después solicitar a un grupo de niños de cuatro primaveras que abrieran la cajita y descubrieran con desilusión que internamente había lápices.
luego los investigadores cerraron la valija e invitaron a un adulto a entrar en el cuarto. Preguntaron a los niños qué esperaría ese adulto averiguar en la valija de Smarties, no qué encontraría, sino qué esperaría dar con. Los niños de cuatro primaveras dieron de inmediato con la respuesta correcta: el adulto desprevenido esperaría encontrar Smarties, no lápices. Los niños pudieron aspirar su acreditado cultura acerca del contenido de la hendidura de golosinas del saber de otra persona. Aprehendieron la distinción entre el mundo aparente tal como ellos lo habían percibido y el mundo percibido por otros.
El cuestionario se repitió con niños de tres años y no funcionó.
Como confirmó el primatólogo holandés Frans de Waal, los chimpancés comparten con nosotros esta idoneidad telepática. No nada más para leer mentes sino además para modelar los estados mentales de otros chimpancés, como relata en el opúsculo La política de los chimpancés:
Un joven caballería de bajo calidad (llamado muy adecuadamente Dandy) decide hacer un conjunto para una de las hembras del escuadrón. legado que es un chimpancé, opta por la forma usual entre los chimpancés para expresar peso erótico, que es sentarse con las patas separadas a la perspectiva de su meta de deseo y mostrarle su institución. (…) Durante este vivo despliegue, Luit, uno de los machos de alto rango, percibe la escena de “cortejo”. Dandy usa hábilmente las manos para ocultar su erección, de modo que Luit no la vea pero la hembra sí. Es, entre chimpancés, el equivalente a un abarraganado que dice: “Éste es nuestro corto subyacente, ¿de acuerdo? (…) Si Dandy pudiera hablar, su sumario de la situación sería aproximadamente el siguiente: ella sabe lo que pienso; él no sabe lo que pienso; ella sabe que yo no quiero que él sepa lo que pienso.
Como narra magistralmente Steven Pinker en La varilla rasa, cada vez descubrimos más características humanas que vienen de enlace y que de ningún estilo son aprendidas a través de la civilización o la sapiencia. La aptitud telépata sólo es una de tantas.
camino | La tabla rasa de Steven Pinker y Sistemas emergentes de Steven Johson
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