Mujeres con el poder de hombres (I)

Febrero 21st, 2010 por admin | Publicado en Sin categoría.

En esta tono mensual de artículos orientados a profundizar en las diferencias biológicas y psicológicas ligadas al órganos sexuales, ha habido una constante en vuestros comentarios: ¿las mujeres lo harían mejor que los hombres si tuvieran la verga de mando? ¿Cometerían los mismos errores? ¿Son por peaje más apaciguadoras, dialogantes y menos violentas? ¿Cuáles son los motivos que favorecen los matriarcados y los que favorecen los patriarcados?

No es necesario adivinar un decorado inverosímil para plantear estas suposiciones. Esos escenarios existen y han sido estudiados por los antropólogos. Lugares en los que las mujeres mandaban.

En las sociedades yoruba, ibo, igbo y dahomey, las mujeres eran propietarias de tierras y cultivaban sus propios productos. Las mujeres dominaban los mercados locales y podían juntar una ganga prominente. Explica Marvin Harris:

Para casarse, los varones tenían que galardonar el precio de la novia (azadas de hierro, cabras, telas y, en tiempos más recientes, dinero), transacción en sí misma indicativa de que el novio y su cepa y la novia con la suya coincidían en honrar que ésta era una persona sumamente valiosa y de que sus padres y parentesco no estaban dispuestos a renunciar a ella sin que se les indemnizase por la pérdida de sus capacidades económicas y reproductoras. De percance, los pueblos del Africa occidental estimaban que corresponder muchas hijas era individuo rebosante.

En estas sociedades tampoco se producía la doble moral en la conducta erótico. Las mujeres disfrutaban de distintos hombres en sus viajes de negocios, viviendo a menudo aventuras extramaritales. Los hombres, por su porción, debían elevar plegarias privilegio primero a la esposa.

Las mujeres africano-occidentales también organizaban clubes femeninos y fundaban sociedades secretas, tomaban tajada en los consejos de la aldea y se movilizaban cuando los abusos de los varones eran preocupantes.

Un macho que infringiese las normas mercantiles de las mujeres, permitiese que su cabra devorase los cultivos de una mujer o maltratase a la esposa, se exponía a una venganza colectiva. Una multitud de mujeres aporreando su corral podía despertarle en medio de la noche.

Si bien es cierto que los gobernantes supremos de estos Estados y jefaturas del África occidental eran generalmente de acto sexual masculino, las madres y las hermanas y otros parentesco femeninos ocupaban cargos nada desdeñables. Por pauta, en algunos reinos yorubas, quien quisiera organizar un ritual, decir (misa) una farra o convocar a las brigadas de pesadumbre comunitarias tenía que lidiar con estas influyentes mujeres antes de tener camino al rey.

Entre los yorubas, existía un debe ocupado por mujeres y denominado «madre de todas las mujeres», una especie de reina de las mujeres que coordinaba los intereses femeninos en la administración, impartía moralidad, dirimía disputas y decidía qué posiciones debían conciliar las mujeres respecto de la transigencia y alimento de mercados, la cuestación de tasas y peajes, las declaraciones de guerra y otros importantes asuntos públicos.

vía | Nuestra especie de Marvin Harris

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