Cuando la exploración no produce dinero, sus objetivos peligran, pero la explotación de la Luna, con sus fabulosos recursos minerales, podría callar a todos los críticos. En respuesta al malestar generado ante el futuro de los programas tripulados, hace cuatro años el presidente George W. Bush estableció una nueva ‘Visión de la Exploración Espacial‘, que consiste en regresar a la Luna en 2020 y, eventualmente, enviar astronautas a Marte. Siguiendo casi la misma arquitectura de las misiones Apolo, el programa Constellation contará con nuevas lanzaderas -los Ares I y V-, una cápsula espacial -Orion, descrita como un ‘cohete Apolo con esteroides’-y una base lunar. La transición tendrá repercusiones inmediatas. Por un lado, recortará unos 3,000 empleos en el Centro Espacial Kennedy durante los casi cinco años que se prolongará la construcción de los Ares, que estará a cargo de empresas aeroespaciales privadas. Por otro, se dependerá de los rusos para tener acceso al espacio, lo que supone un debilitamiento desde el punto de vista estratégico.
En cuanto a la colaboración internacional, la NASA planea llegar a acuerdos con otras 13 agencias espaciales para lanzar orbitadores y robots que preparen el regreso de los astronautas a la Luna. La iniciativa recibe críticas porque el desarrollo de las naves tripuladas seguirá siendo netamente estadounidense. Sólo el futuro dirá si las realidades político-económicas producirán otra magnífica aventura como la que comenzó hace medio siglo.
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